El vino como medicina en el siglo XIX y XX lo denominaban como "vino tónico", "vino de quina", "vino de hierro", "vino medicinal" o "vino para enfermos".
Se usaba para estimular el apetito, combatir la anemia, ayudar la digestión, ayudar a conciliar el sueño, analgésico o como reconfortante para convalecencias. Solían ser vinos generosos (tipo Jerez o Málaga doce) y estaban enriquecidos con quina, sales de hierro o extractos de hierbas digestivas o estimulantes.
El etiquetado contenía mensajes como: Recupera tus fuerzas, para niños ancianos o convalecientes, especial para enfermos.
No caso de los niños, se le daba un poco de vino dulce con yema de huevo para "coger fuerzas". También podía ser mezclado con azúcar y pan para combatir resfriados o incluso el asma.
No catálogo de las boticas antiguas, el vino figuraba del lado del jarabe de cebolla o de las sales de quina.