Se conocen con el nombre de chozos, chozas, casetas, y nacen como una respuesta inmediata a las necesidades del hombre en el campo. La mayor concentración de guardaviñas se encuentra en los paisajes de la Rioja Alavesa, convirtiéndose en un símbolo de identidad, recordatorio de costumbres agrícolas de antaño y en uno de los elementos patrimoniales más representativos de la cultura vitivinícola de dicha región.
Gran parte de los conservados en la actualidad, aunque definitivamente en desuso, son de la segunda mitad del siglo XIX, coincidiendo con la expansión del cultivo de la vid en la zona, aunque existe documentación que señala que ya se construían en el siglo XVI.
Sus funciones, de lo más múltiples, siempre estaban relacionadas con el trabajo en el viñedo. Los labriegos los empleaban como refugio para guarecerse ante las inclemencias del tiempo, aunque también servían como almacén para los aperos de labranza, para guardar el alimento durante la jornada, o sencillamente un techo bajo el que descansar durante las labores del campo.
Otra función, de la que deriva el término guardaviñas, es la servir como puesto de vigía, tan necesario para custodiar las cosechas y evitar los robos en los campos de cultivo durante los meses previos a la cosecha. Es por eso que algunos se construían en una zona elevada desde la que disponer de una adecuada visual del entorno.
Tradicionalmente los guardaviñas se construían en las cercanías o dentro de los campos de cultivo. Se trata de un tipo de construcciones muy sencillas, de mínimo coste y escasa mano de obra, que priorizan una funcionalidad práctica por encima del diseño estructural, siendo principalmente los propios labradores los encargados de erigirlas gracias al conocimiento transmitido a través de generaciones.
Los materiales empleados eran aquellos que podían encontrarse en el entorno circundante, siendo las principales materias primas la piedra y el barro. Estos edificios estaban construidos con la técnica de piedra seca, sin argamasa o con una cantidad mínima, y sus muros son de mampostería (esto es, de piedra no trabajada), de sillarejo o sillería, cubiertos mediante falsa cúpula de aproximación de hiladas. Estas pequeñas piedras se solaparían unas por encima de otras de manera que fueran aproximándose hasta cerrarse en la zona superior. En determinadas ocasiones sus paredes podían revestirse con barro o tierra con el objetivo de impermeabilizarlo y aislarlo del clima extremo.
Generalmente contaban con una única planta cuadrangular o circular, y un elemento adicional con el que podían contar era un hueco en el techo para la ventilación del humo del fuego o pequeñas aberturas a modo de ventanas para controlar el entorno.
Aunque lo señalado anteriormente eran las características más frecuentes, los guardaviñas no tenían por qué seguir un único estilo constructivo. Muy variadas podían ser las tipologías de guardaviñas, ya fuera según la tipología constructiva escogida y los recursos disponibles en las proximidades, el tipo de planta, la localización o sencillamente variando según la destreza del labrador.
Lo que podemos asumir con total certeza es que sus constructores aprovechaban las características del paisaje para la edificación. De esta forma podemos encontrar con chozos excavados en el propio terreno, siendo la técnica constructiva más básica y que necesitaría de un menor tiempo de ejecución; adosados a taludes, que sustituirían una de las fachadas; o totalmente exentos. En determinados casos también encontraremos chozos que podrían contar con una construcción anexa para proteger y salvaguardar a los animales del trabajador y que comúnmente son referidos como guardaganados.