La vendimia durante la Antigüedad, una tradición milenaria.

17 de Octubre do 2021
Detalle de kýlix o copa ática de figuras negras, Pintor de Chiusi, finales del s. VI la.C. Muestra a un grupo de silenos y ménades en un viñedo, recogiendo los racimos de uva para su transporte en cestos.

Durante la Antigüedad la recogida de los maduros frutos de la vid, la vendimia, se realizaba en los meses de septiembre y octubre, una vez finalizado el verano y con el comienzo de la estación del otoño, aunque siempre dependía del grado de madurez de los granos y de las condiciones climáticas de cada región. Sin embargo, en algunas ocasiones incluso se buscaba una sobremaduración de la uva para la obtención de un vino mucho más dulce, como el ejemplo del vino passum, al cual le dedicamos un artículo en el blog.

Era este un acontecimiento que suponía un motivo de festividad en el que durante varias jornadas el júbilo estaba bien presente entre las gentes, una alegría que emergía con el final del ciclo vitícola y sobre todo al observar finalmente en las propias manos esos frutos nacidos tras haber trabajado durante los últimos meses.

Es en la literatura griega, de la mano de Homero, donde por primera vez se hace alusión a la vendimia, en unos versos en los que describe el jardín del palacio de Alcínoo: “tiene Alcínoo allí mismo plantada una ubérrima venía y a su lado se ve un secadero en abierta explanada donde da recio el sol; de las uvas vendimian unas mientras pisan las otras; no lejos se ven las agraces que la flor habían perdido hace poco o que pintan apenas” (Odisea, VII, 122-126).

Entre los preparativos que darían comienzo a la vendimia encontramos la limpieza y la reparación, siempre que fuera preciso, de los recipientes para la fermentación del vino. Estas tinajas recibían un tratamiento previo mediante el embreado interior (picatio), para evitar la porosidad y hacerlas impermeables y así garantizar la conservación del vino. Después de untar con brea los recipientes debían limpiarse con agua de mar y dejarlos secar durante varios días. Una vez secos se perfumaban con sustancias aromáticas como el incienso, la mirra o la canela. Esto era fundamental ya que la brea podía otorgarle al vino un cierto olor y regusto amargo y desagradable. Paladio incluso aconsejaba probar esta sustancia ya que un elevado grado de amargura podía estropear el vino, e indicaba a su vez que para un tonel de doscientos congios (un congio son aproximadamente tres litros) hacían falta 12 libras de brea (Tratado de agricultura, Libro X, XI).

También era importante revisar que aquellos utensilios y herramientas que fueran a ser empleados estuvieran en buenas condiciones. Por otra parte, era necesario el adecentamiento de los lagares, de las prensas y de los depósitos de recogida que recibían el mosto tras el prensado. Debía limpiarse todo esto con agua salada del mar si éste estaba cerca, o si no con agua dulce, aunque no fuera el más conveniente, y frotarlos bien con salmuera caliente y ahumarlos. Bien ahumadas, barridas y limpias también debían estar las bodegas, para evitar cualquier olor desagradable.

Longo de Lesbos se hace testigo de este acontecimiento, describiendo las labores de la vendimia de una manera desenfadada y alegre: “como ya se estaba en pleno otoño y se echaba arriba la vendimia, todos andaban en el campo atareados. Éste el lagar dejaba a punto, limpiaba aquél las cubas y aquél otro tejía cestos. Se ocupaba uno de una pequeña podadera para cortar racimos, otro de una piedra con que poder exprimir todo el zumo” [Dafnis y Cloe, Libro II, 1-2]. En los viñedos los racimos eran cortados con pequeñas herramientas de hierro llamadas falculae. Después se echaban en pequeños cestos de mimbre (corbulae) que eran vaciados en cestos más grandes y transportados sobre los hombros de los chicos más jóvenes o posiblemente a lomos de asnos o en carros hacia los lagares, donde se realizaba el pisado o prensado de la uva. Esto sugiere que las jornadas dedicadas a la vendimia eran muy intensas, lo cual muchas veces podría requerir la contratación de mano de obra ajena cuando la propia familia y la ayuda de amigos no eran suficientes para trabajar las explotaciones familiares. Finalmente, la casera tendría como cometido supervisar todo este proceso, siendo ella la encargada de vigilar la prensa y la bodega mientras durara la vendimia, con el objetivo de asegurarse de que las tareas de trasiega fueran hechas con limpieza y buen orden, y también para que nadie tuviera ocasión de robar los frutos (Columela, De re rustica, Libro XII, 18)

 

Imagen: Detalle de kýlix o copa ática de figuras negras, Pintor de Chiusi, finales del s. VI a.C. Muestra a un grupo de silenos y ménades en un viñedo, recogiendo los racimos de uva para su transporte en cestos.