Si pensamos en tipos de vino llegan a nuestra mente, entre otras, palabras como tinto, blanco, rosado, clarete o espumoso. A todas estas tipologías habría que añadir una con un nombre más peculiar, la de los vinos naranjas o brisados.
A pesar de la aparente rareza de su color, que les de nombre, estos caldos anaranjados distan de ser una novedad o una excentricidad reciente y pueden remontar su historia y origen a miles de años en países como Georgia.
El vino naranja está hecho con uva blanca. ¿De dónde sale, entonces, esa coloración que puede transitar entre el ámbar y el anaranjado más profundo? En realidad, lo que permite que los vinos blancos consigan sus pigmentos sutiles y casi transparentes es la pronta separación del mosto y la piel de las uvas, que son las que mayoritariamente conceden las tonalidades a los caldos. En el caso de los brisados, el proceso a seguir es comparable al empleado para la producción de vino tinto. El mosto y las pieles se dejan fermentar juntos y la fruta finaliza por concederle propiedades al líquido final que normalmente están ausentes en los blancos: entre otras, una pigmentación más profunda y marcada y la presencia de taninos.